El día que Neyser pudo volar

Neyser era un niño curioso, de nariz aguileña, cabello alborotado, cejas gruesas y algo cachetón. Le encantaba mirar el cielo, había algo que lo llamaba en esa infinidad de mar flotante, le gustaba mirar como los pajaros se trasladaban de un sitio a otro ¡parecían tan felices! ¡tan libres! le encantaría algún día poder hacer lo mismo ¿podría volar?

-¿Cuando crezca podré volar?- le preguntaba Neyser a su madre con total inocencia.

-¡No me hagas enojar con preguntas tontas!- respondía enojada la madre- ¿cómo se te ocurre que puedes volar? ¿acaso tienes alas? solo los pájaros pueden volar.

La tristeza embargó a Neyser pero él seguía mirando al cielo, además quizás su madre estaba equivocada, quizás algún día él podría volar. Pasaron los años y ahora era un adolescente.

-¿Crees que alguna vez se invente una tecnología con el que podamos volar con solo nuestro pensamiento?- preguntaba esta vez a su profesor de Historia.

-¡Es imposible!- le respondió- pero existirán mecanismo que quizás puedan impulsarnos.

Neyser se puso nuevamente triste, él no quería volar con una máquina, él quería hacerlo con su pensamiento, ser libre, moverse a su voluntad, sentir la brisa del viento recorrer su rostro. Pasaron los años y Neyser acababa de cumplir dieciséis.

-¿Crees que en algún planeta de este infinito universo existan seres racionales que puedan volar?- preguntaba esta vez a su grupo de amigos.

-¡Calla pajero!- le respondían todos- ¡la paja lo tiene loco!- exclamaba su amigo Junior.

Nuevamente se puso triste, regresó a su casa y terminó de resignarse ¡era imposible volar! ¡todos tenían razón!

Pasaron los días y conoció a Katherin, nunca se propuso estar con ella, solo era una amiga más, además, él solo era un loco y ella una princesa, eso se lo repetía infinitamente. Pero al final se dejó seducir, por aquellos labios delgados, esa hermosa sonrisa que dibujaba un par de hoyitos en sus mejillas y esos grandiosos ojos chispeantes. Pasó el tiempo y logró enamorarla, ahora estaban sentados en un parque, se abrazaron, una suave brisa acarició el rostro de Neyser, alzó la mirada y nunca aquel mar flotante le había parecido tan cercano.

-¡Que equivocados estaban todos!- le susurraba Neyser a Katherine y ella no entendía nada.

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