La espera

Andrés se había decidido, quería aprender a dibujar. Aunque no tenía ninguna relación con la carrera que había escogido, dibujar le resultaba una terapia de catarsis personal. Se dirigió al taller de dibujo que se encontraba a solo unos minutos de su casa y que tenía buenas recomendaciones.

En la entrada de esa institución se encontraba una caseta en donde se brindaban informes, en ella se encontraba una señorita de rostro pálido, mustia mirada y gruesos labios que solían desplegar de manera forzada una sonrisa a cada persona que buscaba matricularse. Al final la señorita lo convenció, Andrés ahora lo único que tenía que hacer era acercarse a la oficina de inscripción, pagar su matrícula y regresar el sábado para sus primeras clases.

En el lugar donde se tenía que pagar se encontraban aproximadamente unas treinta personas, todas sentadas esperando su turno, salía uno de esa pequeña oficina y entraba el siguiente, mientras todos los demás se movían un sitio a su derecha hasta llegar a su turno y entrar a la oficina. Supo que le tomaría tiempo para su turno pero no tenía otra salida, si no lo hacía ahora, él se conocía muy bien y sabía que ya no lo realizaría otro día.

No entendía por qué las personas se demoraban al matricularse, solo era llegar a la pequeña oficina, pagar para sus clases de dibujo y retirarse, solo algunos no demoraban más de cinco minutos, pero en la mayoría de casos se  tardaban aproximadamente unos 10 a 15 minutos y la gente seguía llegando para sentarse a su izquierda. Andrés sentía que las personas no se movían nunca, se empezó a molestar y las personas a su alrededor también, se quejaban de la ineficiencia de la institución y todos amenazaban con no inscribirse, pero nadie hacia nada al respecto, tal vez porque ya habían esperado demasiado y no querían sentir que desperdiciaron su tiempo. La gente empezaba a gritar en la sala de espera: “¡apúrense!”, “¡solo es pagar!”, “¡que tanto se demoran en la oficina!”.

Todas las personas salían de la oficina con el ceño fruncido y sin cruzar miradas con nadie, solo se dirigían a la salida con una mirada profunda de indignación.

-¡Cuando sea mi turno ahí verá ese señor!- exclama Andrés para que todos escuchen.

Todos decían lo mismo, las personas solo esperaban para que cuando sea su turno quejarse por la lentitud del proceso. La gente dejó de gritar, la indignación se la guardaban y esperaban desfogarse con el señor que atendía las matriculas, las quejas ahora solo eran murmullos para el compañero de espera. Pasaron cerca de dos horas; ahora era el turno de Andrés, cruzó la puerta de aquella pequeña oficina, en ella se encontraba un señor de contextura gruesa, algo desaliñado y se podía percibir claramente su cansancio, su cabeza descansaba sobre la palma de su mano y su mirada denotaba aburrimiento.

-¡Señor por qué se demoran en atender! ¡esto es ineficiencia pura!- exclamaba Andrés mientras el señor solo se limitaba a escuchar aquel desahogo desenfrenado de su cliente.

-La matrícula es rápida, solo tiene que pagar e irse, pero todas las personas que entran demoran el proceso al solo querer discutir.

-¡Es que esto es un abuso! ¡cómo espera que la gente no se queje!- gritaba ofuscado Andrés y con el rostro colorado.

-Señor si fuera tan amable de pagar su inscripción, solo es un proceso rápido y sencillo.

Andrés se indignó aún más, había esperado cerca de dos horas, el desfogarse era lo mínimo que podía hacer ¡y agradezcan que me matriculo aquí! ¡me pude haber ido hace una hora! seguía gritando por unos diez minutos. Luego de terminar de reclamar y sintiéndose solo un poco mejor, procedió a pagar su inscripción y aquella transacción no tomó más de 3 minutos. Se podía oír como las personas que habían llegado solo hace unos 20 minutos a la sala de espera empezaban a gritar: “¡apúrense!”, “¡solo es pagar!”, “¡que tanto se demoran en la oficina!”.

Mientras Andrés, luego de realizada su inscripción que solo le pudo haber tomado 3 minutos y por su desahogo desenfrenado tardo aproximadamente quince minutos, salía de la oficina con el ceño fruncido y sin cruzar miradas con nadie, solo se dirigió a la salida con una mirada profunda de indignación. A su vez, otra persona entraba a la oficina y el señor de contextura gruesa que atendía las matrículas solo ladeó su cabeza y la puso a descansar sobre la palma de su mano.

-¡Señor por qué se demoran en atender! ¡esto es ineficiencia pura!- exclamaba aquella persona que recién había ingresado a matricularse, mientras el señor  de contextura gruesa solo se limitaba a escuchar aquel desahogo desenfrenado de su cliente.

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