El examen

Con los ojos aun fijos en su celular y sin salir de su impresión inicial, Felipe leía una y otra vez ese mensaje de texto ¿será un error? ¿Lucía se habrá equivocado de destinatario? no estaba seguro y no sabía como despejar sus dudas, la mujer de sus sueños le invitaba a la fiesta de finales y él no podía creerlo, pero si, definitivamente estaba su nombre en el mensaje y este nunca le había parecido tan bonito.

Antes de recibir el mensaje, era definitivo que Felipe no iba a ir, estaba llevando matemática financiera por segunda vez y su examen final, por desgracia, le tocaba el sábado posterior a la fiesta. Todo estaba planeado, el viernes por la noche se reuniría con Javier y Esther para estudiar con el profesor particular que habían contratado, esa era su única y pequeña esperanza de aprobar el curso, de faltar el viernes a esas clases se podía ir despidiendo del verano en la casa de playa de sus padres y tendría que llevar el curso por tercera vez acompañado ahora de un insoportable calor.

¿Qué hacer? la desesperación se apoderaba de Felipe con el pasar de los minutos, sea cual sea su opción se arrepentiría de todas maneras. Si iba con la mujer de sus sueños esa podía ser su única oportunidad, con un poco de suerte y con la ayuda del alcohol, de decirle todo lo que siente, pero a la vez, se iría esa pequeña posibilidad de aprobar el curso. Por otro lado, podría quedarse estudiando el viernes pero él conocía muy bien a Lucía, sabía de su orgullo y si la rechazaba se podía olvidar de ella también para siempre y con Lucía no había la posibilidad, a diferencia de matemática financiera, de “recuperarla” en verano.

En el mensaje de texto, Lucía le dijo que lo esperaría en la fiesta que se realizaría en la “Plaza Francisco”, un sitio algo alejado de la ciudad y que estaba a unas dos horas y media en un automóvil particular. Lamentablemente él no estaría allí, decidió no responder el mensaje, lo que muestra un indicio de que dejaba la remota posibilidad de rectificarse.

Era viernes en la tarde y mientras esperaba a sus compañeros de estudio tuvo una visión. Estaba él, entre luces intermitentes y el sonido ensordecedor de la música acercándose poco a poco a Lucía, mientras ella, ladeando su cabeza, cerraba los ojos y cedía al momento. Eso le bastó, a la mierda con matemática financiera, que se joda el profesor Gutierrez, esta era su única oportunidad con la chica de larga cabellera, ojos achinados y labios delgados que brillaban en la oscuridad cual millar de microscópicas luciérnagas en la oscuridad, y no la pensaba desperdiciar.

Llamó a sus amigos, se excusó con ellos, les dijo que se reúnan en otro sitio pues a él se le había presentado una emergencia. Se bañó, se cambió, cogió las llaves de su carro y para su desgracia este no arrancaba, no creía en supersticiones ni cosas del destino así que solo culpo de su desgracia a su irresponsabilidad por no dar el debido mantenimiento a su auto, no quedaba mucho tiempo, la Plaza Francisco estaba relativamente lejos y empezaba anochecer. Tomó un taxi ¡carajo que caro! pero no le importaba, si pagó el precio de la tortura veraniega en la universidad, unos cuantos soles no era mucho.

Empezaba alejarse de la bulla de la ciudad y pasaban por la oscura carretera rodeada de montículos de arena que adornaban aquel lúgubre paisaje. Parecía que se adentraba a un desierto infinito en donde solo algunos grandes camiones eran sus acompañantes. En aquella oscuridad Felipe atinaba a imaginarse el momento en el que llegaría, como Lucía lo saludaría, lo introduciría a su grupo de amigos, reirían y conversarían hasta llegar al momento en donde Felipe le diría que no hay un día en el que no deja de pensar en ella y que quería estar con ella; por supuesto, en esas imágenes que se proyectaban en su cabeza, Lucía decía que sí, aceptaba y le confesaba que ella también sentía lo mismo.

Faltaban solo unos diez minutos para llegar y de manera imprevista hizo detener al taxi a un lado del camino, abrió la puerta, caminó de manera parsimoniosa entre aquella oscuridad que lo rodeaba y empezó a gritar con todas sus fuerzas y a maldecir a Lucía mientras que el taxista atónito solo contemplaba dicha escena de locura de aquel joven desconocido. Felipe lanzó con todas sus fuerzas su celular, regresó al taxi, cerró la puerta y siguió su camino.

El celular aún brillaba entre tanta oscuridad, en aquella soledad infinita, tan lejos que en el lugar donde estaba a pocas penas se podía escuchar a los camiones pasar, en su pantalla se podía apreciar el mensaje de texto de Lucía, enviado hace apenas un minuto, en donde le pedía infinitas disculpas a Felipe, pero no podía ir a la fiesta en Plaza Francisco, había olvidado que tenía examen final de filosofía el sábado y tenía que quedarse en casa, tenía que estudiar.

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